Testimonio Jesús
Voluntariado en Senegal
Nunca había hecho un voluntariado a tiempo completo. Nunca lo había hecho en otro idioma. Nunca había estado en África…
Todo eran incógnitas y dudas, que suplí con buena disposición y unas enormes ganas de vivir experiencias.
Antes de partir, te hablan mucho del choque cultural, de las medidas sanitarias, de las precauciones, de la seguridad, del calor, los mosquitos, los timos…. En fin, todo los inputs parecen alarmas instaladas para crear desconfianza, abono para el temor y justificación para lo que puedas encontrar. Supongo que es necesario hacerlo. Todos tenemos una idea quizás demasiado bucólica de lo que se espera de nosotros. Vemos
gente sonriente en las imágenes, testimonios de agradecimiento a lo que aprendes, caras de felicidad….pero después la realidad puede arrollarte.
Así que tomé la determinación de rebajar todas mis expectativas, poner los pies en la tierra (nunca mejor dicho…apenas había calles asfaltadas) y ponerme un único objetivo…disfrutarlo.
Antes ya de coger el avión estaba feliz. Todo lo que estaba por llegar, fuera bueno o malo, lo iba a gestionar desde un punto de vista positivo. ¿que me daba una diarrea? ¡Adelgazaba por fin! ¿qué me picaban los mosquitos? Me rascaba, como hago en mi pueblo ¿Que la comida no me gustaba? ¡¡Me la comería igual…era comida!!
Y eso creo que ha sido el secreto del éxito de este viaje. Cada minuto, cada día, cada experiencia la he disfrutado como un niño, descubriendo un país y una gente maravillosa, amable, simpática y rabiosamente guapa. Los senegaleses son desde luego una raza superior.
Allí todo es tranquilo (excepto el tráfico..), las colas son habituales, la gente sonríe y charla con cualquiera. En la cola de la aduana ya empezamos a interactuar de una forma natural. Solo había una persona inquieta por todo el tiempo que tuvimos que esperar a que nos visaran el pasaporte….y era francés.
Nuestra misión era ayudar a un profesor de español, Saliou, en sus clases en la escuela pública y en otras privadas. Nos esperaba a la salida del aeropuerto y su primer gesto fue un abrazo (lo dicho, la empatía senegalesa desde el minuto uno). Después de eso, su cara de asombro por los tres maletones que llevábamos nos hizo temer lo peor….habían venido a buscarnos en un Peugeot 206 más antiguo que la tierra.
Y es que aunque íbamos a realizar un voluntariado tranquilo en educación, teníamos muy claro que no queríamos dejar pasar la oportunidad de colaborar allí donde pudiéramos, por lo que a través de amigos hicimos una colecta de dinero, medicamentos, libros, diccionarios, material escolar, camisetas, mochilas, piruletas, los tan preciados antibióticos, películas, ropa de niños, artículos de higiene….en fin, DE TODO!! Gracias al patrocinio de la Fundación Feu Vert llenamos tres maletas con material para donar directamente, sin intermediarios a los más necesitados.
Ya salir del aeropuerto empieza con una aventura, la de incrustar los tres maletones en un coche diminuto. Con sonrisas y buen humor lo consiguen.
Vivimos en un piso al lado de un campo de fútbol del distrito. Se ve que es un campo de futbol porque tiene neumáticos a modo de bandas y unas porterías de madera. Por supuesto es de tierra. Todas las calles están sin asfaltar, llenas de una arena rojiza fina como la harina, que levanta enormes estelas de polvo. Hay multitud de casas en construcción que están abandonadas, lo que asemeja el barrio donde nos alojamos a un terreno baldío en conflicto de guerra. De vez en cuando aparecen casas inmaculadamente pintadas de colores, con jardines frondosos y eso sí, unas amenazantes concertinas que recorren todo el perímetro.
Eso es lo primero que me llama la atención. ¿realmente son necesarias tantas precauciones? Alarmas, cámaras de seguridad, pinchos…. Pero nada de eso nos hace desilusionarnos. Vivimos en la última planta de uno de los edificios pintado de amarillo (vamos, que al menos está terminado), así que tenemos una tremenda vista del descampado con construcciones medio derruidas y las enormes cantidades de
plástico y basura que se acumulan en cada esquina.
A las cinco de la mañana el almuédano (la persona que llama al rezo musulmán) nos despierta. La megafonía está a todo trapo y se repite todos, todos los días…
Al levantarnos vemos en su esplendor las vistas de nuestra casa y las primeras señales de vida. Lo primero un carro tirado por un burro pequeñito, niños que van a la escuela, otros que piden por la calle descalzos, los que juegan al fútbol (también descalzos), una señora que lleva un cesto en la cabeza… Ninguno de ellos repara en que ya empiezo a hacer fotos. Todo me impresiona, todo me fascina y ni siquiera me he quitado el pijama.
Nos llevan al primer colegio, un colegio privado. Nos explican que cuando los niños no son buenos estudiantes en el colegio público, los echan y si quieren seguir estudiando deben hacerlo en uno privado siempre y cuando sus padres puedan permitírselo, lo que no siempre se produce. Por eso se ven bastantes grupos de niños de entre seis y doce años vagando por las calles, con unos cuencos de plástico en la mano que les sirven para ir recolectando y pidiendo lo que necesitan.
Va a ser nuestra primera clase de español y llevamos un montón de cosas preparadas, pero como casi todo en África, o al menos en Senegal, la planificación y la puntualidad no son los mejores atributos. Me impresiona el color rosa de las paredes, el uniforme blanco de los niños, pero sobre todo me impresiona la construcción. En algunos sitios no hay ventanas, en otros el suelo está roto, hay sillas cojas en algunas esquinas y
como no, papeles en el suelo. Pero nada más llegar, Saliou nos recibe con su tremenda sonrisa, nos presenta al director del centro que tiene otra gran sonrisa y empieza definitivamente nuestra actividad. Hasta el momento cero choque cultural. Quizás todo lo contrario, una fascinación por la forma de vivir que me enamora. Todos los estudiantes te sonríen (somos los únicos blancos en la ciudad, así que llamamos la atención sin quererlo…) y si bien al principio de la clase estamos todos tensos, por alguna razón que se me escapa, tardo exactamente un minuto en sentirme como pez en el agua y empezar a disfrutar. Pero he de reconocer que la mejor parte de la experiencia viene después del primer colegio.
Acompañamos a Saliou al colegio público a continuar con su jornada de profesor de Español. De camino, más basura, neumáticos, coches que contaminan, camiones que no frenan, carros tirados por burros, cabras en la carretera, vacas, puestos de comida, de bebida, de ropa, de telas, de café (además del fútbol son unos obsesos del café Tuba). Casi todos los carteles de las tiendas los hacen los propietarios, con letras torcidas y unos dibujos apasionantes. Y por supuesto con un colorido que te tira de espaldas. El tráfico es caótico, nadie frena porque pierde el más cobarde. Hay motos que circulan entre los coches, peatones que cruzan sin mirar, cabras despistadas y ni un solo semáforo.
Entrar en el colegio público fue como entrar en un oasis. Al contrario que en la calle aquí apenas hay basura en el suelo, los niños van con un polo verde para uniformarlos. Vemos muchas niñas con velo, aunque solo se tapan el pelo. Todos nos saludan, nos sonríen y hasta nos tocan. Lo primero a la sala de profesores (¡¡claro, es que a partir de hoy somos profesores!!). Es hora del descanso y nos ofrecen un bocadillo y un zumo. He venido a disfrutar, así que no lo rechazo. Pica mucho, me encanta y el zumo está helado con hielos del grifo y metido en botellas recicladas que
quien sabe quién habrá utilizado antes. Allá voy, sin miedo. Está todo riquísimo. Conocemos al resto de profesores, más sonrisas, más amabilidad….es difícil encontrar gente antipática en este país. Y entonces conocemos a nuestro primer grupo:
En lugar de una veintena de chicos y chicas como en el colegio privado, nos encontramos con una clase atestada de más de cien. Hablan alto en Wolof, el segundo idioma después del francés y el que más hablan entre ellos aunque el francés sea el oficial. Se ríen y cuchichean al ver a dos blanquitos ya mayores entrando en la clase. Lo que no se esperan es que entremos bailando y gritando ¡HOLA! a los cuatro vientos.
Ya intuyen que aquello no va a ser una clase como las de antes.
Tras las presentaciones, Saliou nos deja llevar toda la clase, así que ni cortos ni perezosos pasamos de la tediosa gramática española, al juego de palabras sencillo. Algo tan simple como enseñar las partes del cuerpo se convierte en un concurso. Y si además las vamos dibujando en la pizarra a la vez que seguimos haciendo el tonto de vez en cuando, en un santiamén hemos conseguido la atención de 100 chavales que participan, se ríen, levantan la mano suplicando que les escojamos a ellos. Nos da un subidón impresionante. Bailamos más, cantamos, más concursos, nos abrazan, nos regalan cosas……realmente una experiencia ALUCINANTE. No hay prejuicios, ni suyos ni nuestros, solo ganas de aprender los unos de los otros.
Y así seguimos en las siguientes clases….tanto, que se corre la voz en el colegio y al día siguiente nos convencen para hacer lo mismo, pero en lugar de español, en inglés…. Llenazo en la clase, como no, actúan los payasos de la tele. Y nuevo éxito, aunque esta vez en inglés…., nuevos concursos, más bailes, más risas, más disfrute…..
Estamos agotados pero muy, muy contentos. Nos pueden las ganas y lo estamos dando todo, para que engañarnos. Y así siguió todos los días. Por muy cansados que estuviéramos, al ver su mirada se nos pasaban todos los males y volvíamos al trabajo. Hemos hecho de todo, enseñar
animales, partes del cuerpo, historia de España, Geografía….hasta canciones. Todo ello desde un prisma muy desenfadado y con ideas muy básicas, dibujos y teatralización.
Pero sin duda, el gran éxito de estas dos semanas ha sido la canción “Hola Don Pepito”.. ni en un millón de años hubiera pensado que ese estribillo fuera tan pegadizo. Nos pedían cantarla a cada rato, hacíamos concursos, batallas, bailábamos…en fin que aprendérsela se la aprendieron.
Tanto es así, que incluso en las actividades del círculo español de M’bour del fin de semana, volvimos otra vez a participar en un concurso de español…y como no, a realizar la performance de Don Pepito con sus saludos y bailes correspondientes. De nuevo, éxito arrollador.
Además de las clases, que al final era una tarea sencilla aunque agotadora, teníamos la determinación de hacer todo lo que pudiéramos para ayudar. Así, llevábamos casi ochenta kilos de material para repartir. Y no nos quedó nada, de nada….Contamos para ello con el apoyo financiero de la empresa donde trabajo, Feu Vert. Si no, no hubiera sido posible.
Repartimos en las escuelas los libros infantiles en francés, los diccionarios de español- francés, las películas de dibujos, bolígrafos, cuadernos, baterías solares, dos ordenadores, tres móviles, lápices de colores y cepillos de dientes (aunque eso creo que no les hace mucha falta….tienen unos dientes impecables).
Entre los alumnos, en todos los concursos, camisetas y piruletas, bolígrafos y gorras. Pero lo mejor fue poder llevar medicamentos a un centro de salud de la zona muy orientado a gente sin recursos. Nos lo agradecieron mucho, de corazón, sobre todo por haberlo llevado en mano y que los antibióticos, los antitérmicos, los productos de higiene y todo lo que iba en la maleta “no estuviera caducado…”. En esos momentos es cuando se te revuelve algo el estómago, al pensar que hay gente que piensa que por ser menos afortunados que nosotros, los productos médicos pueden estar caducados…y encima pensarán que les deben dar las gracias. El comentario de la enfermera jefe a su director médico era esperpéntico….”nos traen medicinas y no están caducadas!!”. Alucinante.
Y toda la ropa de niños, medicación, comida de lactante, zapatos, pequeños juguetes piruletas…..decidimos donarla en persona también a dos orfelinatos, uno en Dakar y otro en M’bour. De nuevo, el agradecimiento se veía en sus ojos, no porque les falten ayudas (pudimos ver que les llega desde muchos sitios) sino por el gesto de tantas personas anónimas que se dirigen a su puerta y aportan lo que sea…. Una gozada, de
verdad. Los niños, como no, sonrientes todo el rato, se nos agarraron a las piernas, los cogimos en brazos, jugamos…..increíble!!
Y como nos sobraban cosas, ropa, zapatos, camisetas, jabones….nos dedicamos a darlas a todas aquellas personas que nos parecía que las necesitaban por la calle. Niños, madres, taxistas, vecinos… todo el mundo lo recibía con gratitud. Seguramente me haya quedado enamorado del país, de su gente, de sus colores, de sus sonrisas, pero para mi ha sido una experiencia apasionante de principio a fin. Trabajamos mucho, pero también disfrutamos mucho en sus mercados, en su costa, en sus parques naturales, en Dakar….
Solo hay una cosa en el país que va a ser muy difícil de resolver….la limpieza, la basura, los plásticos….hay poquísima concienciación, y apena mucho ver esos paisajes con pequeñas motas verdes y azules de plástico llevado por el viento, calles enteras llenas de basura, playas infestadas de bidones…Como estoy seguro que volveré, la siguiente acción irá encaminada a eso.
El último día de clases nos pidieron (por aquello de que me gusta mucho dibujar y en todas las clases las explicaciones eran más gráficas que escritas…) que hiciéramos un mural en la escuela para identificar la cantina donde los chicos compran su almuerzo. “Temática libre”, nos dijeron…y claro, estábamos a las puertas del 8M y tras ver algunas muestras culturales del poco espacio que se deja a las mujeres nos tiramos de cabeza.
Fue todo un éxito, dibujamos una madre que es directiva de apple y un padre que se ocupa de los niños. Todo ello acompañado de la frase en español “todos somos iguales”.
No hizo falta explicar mucho, todos lo entendían. La Directora nos dio las gracias y nos obsequió por todo lo que les habíamos aportado (libros, material e incluso gafas de presbicia, además de nuestra simpatía y el mural) con un traje típico precioso. Nos emocionó mucho dejar tanta huella en tan poco tiempo, pero cierto es, que “lo hemos dado todo”, de corazón….
Pero la mayor sorpresa fue cuando nos pidieron despedirnos de la clase. La ovación que recibimos al entrar me puso los pelos de punta y pese a estar agotado tras cuatro horas al sol pintando el mural, me poseyó la transformación del senegalés que creo que llevo dentro…, bailé (si a eso se le puede llamar bailar) una danza senegalesa con la que se partían de risa, cantamos por última vez el Don Pepito, hicimos un rato el tonto con los cien alumnos, se rieron, nos cantaron “adiós con el corazón” y tuvimos un rato para abrazarnos y dar los últimos consejos… ¡No dejéis de estudiar nunca!.
No he llorado de pena por irme porque sé que volveré. La experiencia ha sido sobresaliente, pero sobre todo me quedo absolutamente prendado de su gente.
Gracias a todos ellos por hacerme mejor persona y dejarme ser el idiota que llevo dentro.
