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Testimonios   Testimonio - Mireia

Mireia"¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,     y Perú al pie del orbe; yo me adhiero! (“Telúrica y magnética”, Poemas Póstumos - César Vallejo)

 
Hace 10 días desde que regresé de Cusco y todavía recuerdo como si fuese ayer la increíble experiencia que he vivido. Estas palabras pueden resultar típicas tópicas, pero lo cierto es que, muchas veces, cuando no sabemos cómo expresar un sentimiento o algo experimentado, recurrimos a expresiones sobreutilizadas, con frecuencia tanto que acaban siendo vacuas y acaban perdiendo su esencia original. Pero quien ha estado en Perú sabe perfectamente que esa región hace al ser humano conectar con lo más puro de su ser, con sus orígenes, con la Pachamama, recordándonos que la Tierra nos ha brindado un tesoro de incalculable valor y que debemos dar las gracias por ello, ya que ni todos los soles del mundo podrán pagar lo que nos aporta el Sol. Por ello, se puede decir claramente y con un significado pleno que estas tres semanas han sido maravillosas, inkaíbles. 
 
En cuanto al proyecto, y volviendo a esa esencia tan peruana y a la vez tan humana como es la conexión con la naturaleza, esos chic@s me enseñaron cómo, con muy poco, se puede ser feliz, así como de la importancia del contacto humano, algo que en nuestras sociedades lamentablemente carece de valor. Y es que un abrazo, un choque de manos, una sonrisa e incluso una simple mirada cómplice son mucho más gratificantes que todo lo material, lo cual aprendí en el justo momento en que planté en la aldea y un grupo de niñ@s desconocidos corrieron a mí y me abrazaban y me comían a besos como si nos conociésemos de toda la vida, sin saber mi nombre ni quién era. Simplemente una mirada y una sonrisa pueden unir personas, más allá de sus diferencias y más allá de los prejuicios. Esta fue la primera de las muchas lecciones que aprendí de ell@s. Y es que, aunque parezca que vas de voluntariado a ayudar y enseñar, realmente –esto también resuena a tópico erosionado- acabas aprendiendo tú mucho más. De hecho, tengo la sensación de que lo único que les pude enseñar es una coreografía que suelo bailar con mi grupo de amigos. Pero, al fin y al cabo, lo que nos quedará, por ambas partes, son esos momentos de complicidad y unión, ya sea bailando, haciendo las tareas de la escuela o simplemente conviviendo.
 
Evidentemente, el choque de culturas y las diferencias siempre se siente, pero eso te ayuda a entender la diferencia y “el otro” en la igualdad, al ritmo de la canción de Bebe de “Diferentemente iguales”, ya que cada cultura tiene su modo de concebir el mundo y al fin y al cabo eres tú quien debe adaptarse, sin pretender cambiar su organización en 20 días.  En mi caso, con todo, tuve la suerte de coincidir con otra voluntaria en esas fechas, casualmente Mireia también, y la verdad es que fue un gran punto de apoyo en los momentos más difíciles y compartiendo conmigo las muchas más alegrías que pudimos experimentar. Además, juntas pudimos también recorrer el país, forjando una amistad que durará más allá de las fronteras del Perú.  
 
Por esto y mucho más que no explico porque sería alargarme demasiado, me dirijo ahora a todas las personas que siempre han querido hacer un voluntariado, que se han pasado días enfrente de la pantalla mirando opciones y planteándose si tirarse a la piscina o no y que ahora me están leyendo buscando ese empujón final. Lo queréis hacer, por lo tanto, hacedlo. Tenéis miedo, y es normal, todos tenemos miedo a lo desconocido, pero es algo de lo que no os vais a arrepentir –vale, ya he cumplido el cupo de frases tópicas del día-. Siempre me ha parecido muy buena la comparación de estas experiencias con el Shambala del Port Aventura –si no habéis ido, se puede sustituir por cualquier otra atracción fuerte de feria o de parque temático que conozcáis-: quieres subirte, porque todos los que bajan salen sonriendo y extasiados, y piensas “esto tiene que ser genial”. Pero tienes miedo: ”está muy alto, a ver si me pasa algo ahí arriba…”, piensas. Sin embargo, después de meditarlo, acabas metiéndote en la cola. Cuando te metes en la atracción y está empezando a subir por la cuesta, te tiemblan las piernas y maldices el momento en que te decidiste a probar. Pero luego vienen las curvas, la adrenalina, los saltos, la velocidad, los gritos de incontrolable alegría, la libertad de volar. Y sales de la atracción sonriendo y extasiada. Y te quieres volver a subir."
 
 
                                              




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